Una extraña despedida

Las probabilidades de reencontrarse con alguien que ocupó una parte de tu ser son tan reducidas que a veces es necesario hacerlo intencionalmente. Quizá no era la mejor forma de hacer que la espera fuera menor, pero nadie dice que está prohibido.

Como si nos hubiéramos comunicado por telepatía, aunque el de la intención era yo, pues no pude aguantarme las ganas de saludar. Se sentía como si fuera la primera vez, sólo que sin oportunidades de avanzar por ambas partes, pues la vida nos jugó un truco sucio del que no hay marcha atrás.

De pronto nos arrepentimos de lo malo que había sucedido y de los errores que cometimos. Recordamos aquello que nos hizo valer y por lo que aún nos recordamos el uno al otro, sólo que esta vez limitando nuestro vocabulario. Se dijeron las verdades y las novedades, pero también las necedades de ambos.

Pero esto no podía durar mucho si no es mas que otro reencuentro, de lejos y sin posibilidades de retomarlo. Se sentía al responder y al pensar una palabra, pues no podíamos hacer más que negarnos y distancionarnos otra vez. La despedida era inminente, y aunque hubiera querido evitarla, no habría podido lograrlo.

Nos abrimos los ojos y entendimos que todo pasó en el tiempo que fue, pero no en el que debió ser. Y aún así no habría una nueva oportunidad, porque todo está dicho y hay cosas que ya no pueden cambiar. Desear lo mejor es una de ellas y estoy seguro que así será, por el bien y la felicidad de ambos.

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Erra una vez

Nadie se cansa de apuntar al que se equivoca hasta que se encuentra en su posición. Todos cometemos errores y a veces lo olvidamos, pero la risa burlona hacia otros los delata. Es mejor hacerlo sutilmente para no mostrar debilidad.

Me he reído de mi mismo. Es una trampa para olvidarse de lo malo, de los errores que cometí, pero no soy hipócrita y mal educado si es conmigo mismo y no con los demás. He fallado muchas veces, no lo puedo negar, pero esa no es razón para dejar de intentar.

Intentar dejar de errar, está claro, pero si no me hubiera equivocado, jamás hubiera tenido el placer de superarme. Las emociones juegan un papel importante, y es que son las que dirigen mi inoportuna forma de pensar, aclarando, sin generalizar las
eventualidades.

Y aquí estoy otra vez, intimidando a mi mente para que no pueda pensar en lo que es correcto. ¿A quién se le pudo ocurrir semejante habilidad? Quizá fue una evolución de mi subconsciente, quien comanda mis recuerdos, o simplemente la inocencia del viejo yo.

El recuerdo que creí desvanecido en realidad creció, como cada noche al dormir y soñar, y en la mañana al despertar cuando recordaba aquello que había visto en mis sueños. Me preguntaba si había algo qué decir, porque le quedé a deber la verdad. He vuelto a hacerlo y sin pensar en el resto, he decidido continuar con ello.

¿Hasta cuándo dejaré de errar, de fastidiar las buenas decisiones? Seguro lo averiguaré cuando sea el turno de callar. Mientras tanto, bienvenidas sean las malas decisiones porque estoy preparado para enfrentar las consecuencias.